junio 14, 2011

EL HOMBRE DE HOY UNA FILOSOFÍA PARA LA EXISTENCIA

El hombre desde que apareció en la tierra ha sorprendido y continúa sorprendiendo por sus gloriosas acciones en la ciencia o saber, y en estos últimos tiempos, por el   inusitado desarrollo de la tecnología, exhibe, a la vez, una sorprendente vida dramática y/o trágica que afecta su existencia, hasta llegar  a la destrucción de si mismo. Tuvo razón  el filósofo francés Blas Pascal del siglo XVII, cuando adelantándose mucho a lo que hoy sucede, expresó “El hombre es un ser tirado en un rincón del universo con su miseria, su grandeza y un problema para sí mismo”, expresiones que en el sentido común reflejan realmente lo que sucede en la vida humana, de lo cual, sin embargo, no tenemos plena conciencia de lo que ello significa en toda su dimensión; por eso, es de necesidad, dada las circunstancias, no estar ajeno a tamaña situación crítica de la vida humana.
¿Qué es lo que está sucediendo? ¿Acaso el hombre se está distanciando cada vez más del hombre? ¿Al extremo de destruirse a si mismo?
¿Cae en el vacío el pensamiento del filósofo alemán Manuel Kant “La educación hace hombre al hombre”?
De todo cuanto se puede hablar sobre este ser llamado hombre, nada importa más que su existencia;  pues, al parecer, el hombre solo sabe o se preocupa por vivir, más no de su existir, es el drama del mundo de hoy.
¿Hubo algún momento de la historia humana donde la sociedad no presentaba las características que hoy se manifiestan: quiebra en la conducta moral hasta llegar al desquiciamiento, destrucción de la existencia humana en diferentes modalidades, etc.?  Indudablemente que sí.
La sociedad griega del siglo VII, y finales del siglo VI era de paz y sosiego, de armonía y paz social, libre de tensiones y quiebra social. El hombre de entonces no fue sino la expresión de esa sociedad: noble, sano, puro, honesto, sin muestras de desquiciamiento moral o actitudes que lindan, incluso, en la criminalidad.
En ese entonces, el hombre, no era centro de preocupación, o un problema para sí mismo; más bien era el mundo natural, o cosmos enigmático para él, con sus diferentes y diversas manifestaciones fenomenológicas, lo que ocupaba el centro de su preocupación, admiración y, veces, asombro.
Tiempo después, esa sociedad de paz y tranquilidad, cambió y consecuentemente, el hombre también, de modo que ya se presentaron manifestaciones de quiebra y desquiciamiento moral, muy comunes en el mundo de hoy; ya era de necesidad hacer filosofía sobre la vida concreta centrada más en los problemas del hombre que en los de la naturaleza o cosmos.
Diógenes de Sínope, filósofo cínico muy conocido por sus excentricidades y mordaz ingenio añoraba al hombre sano, noble y puro de épocas pasadas.  Como para demostrar su disconformidad con la sociedad que le tocó vivir “andaba con una lamparilla con luz prendida a plena luz del día. “Cuando le preguntaron por qué andaba así, contestó: “Busco al hombre”.
En una oportunidad varios hombres de dudosa moral se presentaron ante él y le dijeron en son de burla: “aquí estamos”. Les contestó: “he dicho hombres”.
El filósofo Sócrates ya había iniciado sin embargo, su vida filosófica, precisamente, para abocarse a la formación del hombre, decía: “es indigno de hombres que quieren saber otras cosas antes que saber sobre sí mismos”.
Desde entonces y toda la época gloriosa del pensamiento filosófico griego con el excepcional aporte de los filósofos Platón y Aristóteles, y considerado ya el hombre como ser racional, el hombre siempre hace de la vida moral, su preocupación fundamental, encausar moralmente el vivir, más no se preocupa de su existencia, de su existir.
Durante la edad media, sucede algo similar, se concentra en el modo de hacer, su vida moral pero reforzada con principios religiosos del cristianismo, al punto tal que la vida moral se identifica con la vida religiosa o es la misma cosa;  se aspiraba  a la perfección del alma humana, a una vida mística. Esa era la orientación que se daba a  la vida, ajena totalmente a la existencia humana, dirigida a un vivir mejor o cómo vivir, y no en el existir. En los tiempos modernos, la tendencia es más racional, se conserva la vida moral aunque mayormente desligada de la vida religiosa; la existencia humana aun continúa sin formar parte del saber.
Al iniciarse el siglo XX, se produce la 1º Guerra Mundial (1914), que marca el fin definitivo de los tiempos mordernos.
Esta conflagración mundial generó desastres, destrozos y destrucción masiva de vidas humanas y la aparición, igualmente masiva de gente atormentada, en estado de zozobra, o crisis indescriptible; y sin que la humanidad haya logrado su recuperación total, la Segunda Guerra Mundial de 1939 agudiza la crisis. Lo más sorprendente es la destrucción del hombre por sí mismo: destrucción de su existencia, situación que nunca antes se había presentado. Esta crisis mundial provocó en los filósofos de entonces, acentuar la filosofía en el hombre, aunque desde mucho antes ya era un problema para sí mismo se centró en su existencia que no había sido motivo, hasta entonces de reflexión filosófica. El existencialismo, es llamado, por eso, como la filosofía de la crisis. Nace así la corriente filosófica del existencialismo, aunque el filósofo danés del siglo XIX Soren Kierkegaard, es considerado, desde mucho antes de la crisis mundial, devenida de las dos guerras mundiales,  como precursor del existencialismo.
La existencia tiene primacía, sobre la esencia, dicen los existencialistas;
Y fue la destrucción masiva de vidas humanas en las dos guerras mundiales: 1914 y 1939, las que crearon las condiciones, para la germinación de la corriente filosófica del existencialismo, pues, además de las muertes masivas, las trágicas consecuencias de estas conflagraciones, devenida en una crisis mundial, provocó en los filósofos de esa época profundas reflexiones sobre la existencia humana, llamando, por esta razón, al existencialismo como filosofía de la crisis.
La destrucción de la existencia humana, sin embargo, no ha cesado, aún continúa, sólo que ahora ya no hay necesidad de guerras mundiales, la destrucción se produce día a día en proporciones muy elevadas. Vasta sentarse las primeras horas de las mañanas, tan sólo un cuarto de hora frente al televisor, y no hay día alguno que no se escuche en el noticiero, como no ha sucedido antes, sobre uno o más crímenes, muertes por accidentes vehiculares o circunstancias fatales, causados mayormente por irresponsabilidad humana.
Fuera de estas formas de destrucción, hay la destrucción silenciosa,  lenta, suave, inadvertida, del hombre por sí mismo, de sí mismo y para sí mismo que se da en el trajinar diario de la vida y la existencia que se puede reducir a la expresión: “sabemos vivir pero no sabemos existir”.
El avance inusitado de la ciencia y sobre todo de la tecnología en estos últimos tiempos está ahogando al hombre, pues se siente exigido para obrar con rapidez para adecuarse a las exigencias de la época, y no piensa debidamente o piensa poco; le interesa más el vivir, buscar afanosamente vivir momentos felices, pero no cuida su existencia física o corporal, su existir.
El hombre se excede, con frecuencia, en hacer o realizar algo, pero, al  hacerlo, piensa poco o no piensa; tenia razón el filósofo alemán Martin Heidegger al anotar en su obra “Que significa pensar”, lo siguiente: “El hombre en lo que lleva de existencia ha obrado de más y pensado de menos, ni aún ahora, a pesar de que el mundo da cada vez mas de pensar”. Es cuando descuida cumplir o satisfacer sus necesidades básicas de sustento de la vida que aseguran la existencia física o intelectual, un desgaste excesivo, a veces innecesario de energías; es entonces cuando lenta e inconscientemente va agotando su existir, de ese cuerpo que es el que hace y piensa; no obstante, aun así puede vivir o vive momentos felices por alguna buena acción realizada o el logro de un éxito buscado; es decir, nos gusta vivir momentos felices, sólo eso.
Unas reflexiones del científico Pierre Curie, que murió tempranamente, a los 47 años, premio Nóbel de física y química,  en 1903, vivo todavía, y 1911, postmortum, expresaba en uno de sus muy pocos momentos de sosiego que se daba, pues la intensa actividad científica que desplegaba llevado por una admirable  pasión por la ciencia, tan fuerte que  descuidó su existencia , se confirman sus  palabras”, decía: “En esta vida, hay que comer, beber, dormir, holgar, amar, mejor dicho, hacer esas cosas más dulces de esta vida, pero no sucumbir”. “Hay que hacer de la vida un sueño y de un sueño una realidad,” agregaba.
No se necesita pensar mucho para interpretar las reflexiones de Pierre Curie.
¿Acaso todas esas necesidades básicas no las cumplía bien o de repente, ni siquiera las cumplía? ¿A caso, para tomar algunos ejemplos, ingería muy poco alimento o a deshoras o bebía poco liquido, dormía pocas horas, no se daba momentos de sosiego  o de esparcimiento espiritual?, etc.
Sí, a eso se refería Pierre Curie; a esas cosas dulces del acontecer diario, que debemos cumplir seria y disciplinadamente a la par del trabajo serio, abnegado y exitoso que realizamos, pero que con frecuencia, no lo hacemos   o lo realizamos  inadecuadamente; y es ese su descuido que  P. Curie reconocía, y por eso, su existencia se afectó,  y murió muy tempranamente.
¿Pero a qué hombre nos referimos, al hombre abstracto o al hombre concreto? Es al hombre en su existencia concreta o de vida cotidiana, al hombre cuya existencia incluye también  su cerebro-pensante o intelectiva, inmerso en el mundo y metido entre los demás hombres.
Pero ¿Quién es este ser llamado hombre que por un lado asombra por su grandeza de saber y acción descollante, y por otro, que  sorprende por su miseria de ser, capaz de destruirse masivamente en las guerras, también en  incesantes acciones criminales, muchos de ellos espeluznantes, o en sorpresivos accidentes, mayormente de tránsito, causados con inaudita irresponsabilidad; o un ser preocupado más en vivir o vivir momentos felices que en conservar su existencia concreta, su existir; revelando, a su vez, una increíble e inconcebible quiebra moral, que le convierte, a despecho de su inteligencia más desarrollada que en otros seres vivientes, en un ser contradictorio, que  además, pone en duda su racionalidad e inteligencia elevada? Aún así  ¿Acaso Pierre Curie, no vivió momentos felices? Indudablemente que sí.
No cabe ninguna duda entonces, que el hombre es un ser contradictorio, y  es verdad, como dice Pascal, que  hay en el hombre miseria y grandeza, a la vez. Tal vez tuvo razón el filósofo existencialista francés Jean Paul Sartre, testigo como adolescente, luego como adulto, de los destrozos y tragedia humana en la 1era y 2da guerra mundial, al expresar: “El hombre es un ser carente de sentido, error de la naturaleza, una criatura mal hecha, una pasión inútil”.
Si antes el hombre pensaba poco en él o no pensaba, ahora el hombre da cada vez más que pensar, pues el avance inusitado de la ciencia y la tecnología está influyendo poderosamente en su modo de vida y conservación de su existencia, al extremo de  poner en discusión su propia naturaleza; es un ser que se atormenta así mismo, o mejor, el hombre, es verdad, es un problema para sí mismo.

Autor: Heriberto Pezo Fasanando

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