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junio 18, 2012

Albert Einstein: Un Hombre de su Tiempo (Parte VIII)
Adaptado del Libro Albert Einstein: Vida, Obra y Filosofía de Jacques Merleau Ponty

Descubrimiento de América
Albert Einstein en su casa de Princeton- EEUU. Cortesia 
de HISTOCLIPS 
Einstein no había vuelto a los Estados Unidos desde su viaje con Weizmann en 1921; tuviera ello o no significado particular, el hecho es que a partir de 1930 todo sucedió como si cada vez él se sintiera mas atraído por América. Invitado por Millikan al Caltech de Pasadena, en California, pasó allí el invierno de (1930-31), luego los dos inviernos siguientes, para instalarse definitivamente en Princeton en 1933. A lo largo de estos tres años, las razones para alejarse de Berlín iban siendo cada vez mas imperiosas para Einstein debido al ascenso dl nacional-socialismo pero aún existían diferentes posibilidades para permanecer en Europa y, aparte de razones circunstanciales sobre las que volveremos, sin duda esta decisión de atravesar para siempre el Océano se debió en parte a otro motivo: Creía que los estados Unidos eran portadores de una esperanza para la paz del mundo. Al parecer Einstein pensaba que lo estados europeos, incapaces de olvidar sus disputas seculares, no estaban maduros para la idea de un verdadero orden internacional ni sus pueblos para un verdadero pacifismo, y de la Unión soviética no se podía esperar gran cosa: en cualquier caso, a su llegada a Nueva York el 11 de Diciembre de 1930 declaraba:

“este país es lo bastante fuerte para triunfar sobre el espectro que amenaza nuestra época, el militarismo. Vuestra posición política y económica es hoy día tan fuerte que podéis a poco que de verdad lo queráis, romper el poder de la traición guerrera que pesa sobre una Europa que sufre por el peso de su historia y, en menor medida, sobre el resto del mundo”.

Y cuando; llega a convencerse de que solo una organización supranacional seria capaz de imponer la paz a los estados, se refiere con frecuencia a los proyectos de Wilson, lamentando que hayan sido abandonados por completo.

Además, en varios escritos de ésta época, declara apreciar en especial ese sentimiento intimo de libertad personal que tiene el americano y que le preserva del deseo de rebajarse ante el prójimo así como de humillarle.

No obstante, ello no le impide quejarse también del espíritu aislacionista de los americanos, quienes no parecen interesarse por las cuestiones europeas si no es para reforzar continuamente sus creencias. Pero el espíritu de libertad y el poder económico aseguraron siempre a los Estados Unidos su poder de seducción sobre este cosmopolita hasta entonces poco recompensado por sus esfuerzos  en pro de mejorar el espíritu de la vieja Europa.

En esta deriva americana, evidentemente hay que tener en cuenta el interés científico del contacto con los centros de investigación de Estados Unidos, sobre todo con los observatorios californianos, interés que, en cierta medida, distendía sus lazos con la ciencia europea; la vuelta de Einstein a la Cosmología, tras un largo silencio, precisamente en 1931, seguramente no fue el resultado de una simple coincidencia cronológica.

Si lo fue, en cambio, el que Einstein se encontrara en Pasadena durante el invierno de 1932, en un momento en que Abraham Flexner, encargado de crear el Institute for advanced Studies con los fondos puestos a su disposición por Louis Bamberger y la Sra. De Felix Gould, acababa de hacerse cargo del proyecto junto con Millikan, Flexner pidió también su opinión a Einstein, quien se interesó por el espíritu de la institución proyectada; los dos hombres encontrarían de nuevo en Oxford y después en Caputh en el curso del verano de 1932. Entretanto Hindenburg había sido elegido presidente de la república y había nombrado a Von Papen como canciller. Desde ese momento, Einstein estuvo seguro de que la llegada de Hitler al poder estaba próxima (a pesar de haber sido el competidor derrotado por Hindenburg); aceptó sin reticencias la propuesta de Flexner: entraría en el nuevo instituto, que se instalaba en Princeton, después de pasar el invierno en Pasadena. Al abandonar su casa de Caputh, a finales de 1932 Einstein predijo a una Elsa incrédula que no la volvería a ver.

1933
Tenía razón: ni Elsa ni él volverían jamás a Caputh, ni tampoco a Alemania. En Enero de 1933, Hindemburg llamaba a Hitler a la cancillería y los nazis se desataron; en las universidades científicas, Lenard se puso en cabeza de la cruzada antisemita. El cónsul de Alemania de Nueva York aseguró oficialmente a Einstein que podía volver a Berlín, pero oficiosamente le aconsejó que no lo hiciera.

Volvió a Europa en le mes de marzo de 1933 y se instaló en Coq-sur-Mer, una estación balneario belga al norte de Ostende; su retorno familiar y sus íntimos (Ilse, Margot, Helene Dukas) se reunieron con él, sumándose Walther Mayer, un matemático vienés que le ayudaba en su trabajo sobre la teoría del campo unificado. En Coq, Einstein, considerado como un amigo de la pareja real, que le había recibido en el palacio de Laeken, se hallaba bajo la protección del rey de los belgas; una pasión común por la música le unía a la reina Elizabeth, con quien mantendría correspondencia durante largos años. La protección no era solo simbólica: circulaban rumores de un atentado y dos guardaespaldas fueron encargados de alejar a los indeseables; se produjeron (¿Podía ser de otro modo con Einstein?) algunos incidentes mas o menos cómicos.

Las amenazas y la protección no le impidieron hacer algunos viajes a Bruselas, a Gran Bretaña y a Zurich, donde vio por última vez a Mileva y a Edouard. (Hanz Albert, ya casado y padre de familia, se encontraría con él en Estados Unidos, donde llegó a ser profesor de tecnología en Berkeley). Einstein tomó la iniciativa de enviar su dimisión a la Academia de Berlín, según Philipp Frank, lo hizo para evitar a Planck tener que expulsarlo y permitirle así salvar con dignidad lo que aún  podía serlo (en realidad, esto le sirvió a Planck para que el Führer le dijera que su avanzada edad lo salvaba del campo de concentración). En respuesta a la carta de dimisión de Einstein, el secretario de la Academia publicó una declaración acusándole de tomar parte de las campanas de denigración contra Alemania.

Planck, Nernst y Von Laue, se opusieron en vano a la iniciativa del secretario, un jurista simpatizante de los nazis.

Todos los bienes de Einstein en Alemania fueron sucesivamente confiscados, al parecer sin una decisión formal de conjunto; a iniciativa De Sitter, varios amigos le ofrecieron una ayuda material. Sus papeles personales fueron traídos de  Berlín por valija diplomática francesa gracias a la intervención de Rudolf Kayser, el marido de su hijastra Ilse (la hija mayor de Elsa) quien también pudo hacer transportar a los Estados Unidos algunos muebles del piso de los Einstein en Berlín, donde los visitantes de las SA no habían cogido mas que la vajilla de plata.
La toma del poder por Hitler y sus desastrosas consecuencias habían modificado brusca y radicalmente la actitud de Einstein ante el pacifismo; entonces le pareció evidente que, en los países democráticos, el antimilitarismo no podía sino alentar la voluntad de agresión de la Alemania nacional-socialista. Y él lo proclamo con su honestidad y sinceridad habituales. Al objetor de conciencia Alfred Nahon, que en junio de 1933; le pidió que interviniera en favor de los camaradas belgas encarcelados en Bruselas, respondió que la hora de la resistencia individual al militarismo ya había pasado; a la vista del grave peligro al que estaba expuesta Bélgica, le decía, si él fuera ciudadano belga aceptaría de buen grado el servicio militar, persuadido de que así contribuiría a salvaguardar la civilización europea. A la comisión de defensa de los objetores de conciencia, que protestaba contra este cambio de actitud, le recordó lo que había escrito a Hadamard sobre los riesgos de la resistencia a la guerra en una tribu africana: no era él quien había cambiado, era Europa, donde las costumbres se parecían ahora a las de aquellas tribus. Y en la correspondencia del año de 1933 y de los años posteriores encontramos numerosos fragmentos donde Einstein se queja de la debilidad delas naciones occidentales ante Alemania.

Desde ese momento, el objetivo final definido en sus intervenciones es la eliminación de la guerra por un medio totalmente distinto de la resistencia individual al enrolamiento militar: ya no piensa que las fuerzas armadas deban ser eliminadas de inmediato, sino que quisiera que quedaran reservadas a instancias supranacionales; esto es, por ejemplo, lo que responde el 27 de Noviembre a un artículo aparecido en un diario de Chicago que le rogaba una explicación por su cambio de actitud respecto a la objeción de conciencia.:

“el problema de la paz no se puede resolver de verdad mas que ayudando a crear una institución internacional de arbitraje que, a diferencia de la actual Sociedad de Naciones en Ginebra, disponga de los medios que le permitan imponer sus decisiones en una palabra, hace falta un tribunal de justicia internacional dotado de un aparto militar o policial permanente”.
En una carta de Agosto de 1936 a Hans Thirring declara que ya no cree que la paz sea posible, llegando incluso a atribuir una buena parte de responsabilidad por la situación “desesperada “en la que se encuentra el mundo 42 a los pacifistas ingleses y franceses.

Expulsados de Alemania, un numero creciente de intelectuales alemanes influían hacia Europa occidental y estados Unidos buscando desesperadamente un empleo, lo que iba a convertirse en una de las principales preocupaciones de Einstein, a quien de todas partes pedían ayuda; pero para él, personalmente, como señala él mismo, la situación era exactamente la inversa. No podía responder a todas las invitaciones que su ruptura con la Academia de Berlín no había hecho sino aumentar: su compromiso con Princeton estaba decidido; fue invitado a Oxford por iniciativa de F. Lindeman todos los años durante cinco; Madrid le reclamaba cuando Monzie, entonces ministro de instrucción publica, ante la petición del claustro de profesores del Collége de France, decide crear un puesto allí para él. Varias cartas de Einstein a Langevin en la primavera de 1933 expresan su turbación con un acento de evidente sinceridad. En primer ligar queda claro que  no quiere hacer un desprecio aun viejo y muy querido amigo, aparte, teme que un rechazo publico a una iniciativa francesa sea mal interpretado; pero la carga le parece demasiado pesada, finalmente, surgen las reservas de un gran maestro que ya no esta seguro de poder aportar todo lo que se espera de él:

“He trabajado mucho, es verdad, pero también he desechado la mayor de lo que he hecho; y todavía no tengo ni idea sobre si el futuro me dará la razón en lo que queda. En realidad no poseo ni una capacidad ni un saber particulares, sino solamente la pasión de la investigación”.

En cuanto a exponer lo que él ha encontrado y que es conocido por “cualquier estudiante ordinario”, seria algo “ridículo “y añade en un estilo muy einsteiniano:

“En resumen, me causó un poco la impresión de un viejo gato que tuviera que tirar de un bonito cochecito cuando no sabe hacer nada mas que cazar ratones. O quizás de un violinista zíngaro incapaz de leer una partitura y que es llamado a convertirse en el primer violín de una orquesta sinfónica”.

Cosas difíciles de explicar, comenta a un personaje oficial…

Einstein abandono finalmente el continente europeo el 9 de Setiembre de 1933 y tras un  mes de estancia en Inglaterra, se embarco para los Estados Unidos, de donde no volvería nunca; llevaba con él a Elsa, a Helene Dukas y a Walther Mayer. Las hijas de Elsa se quedaron en Europa. Ilse moría en París el año siguiente; Margot y su marido se reunirían con él en Princeton mas tarde.

mayo 08, 2012

Albert Einstein: Un Hombre de su Tiempo (Parte VII)
Adaptado del Libro Albert Einstein: Vida, Obra y Filosofía de Jacques Merleau Ponty

Pacifismo militante
Si las fluctuaciones de la política Internacional finalmente le obligaron a tener una cierta flexibilidad, hay un punto en que la actitud de Einstein no varió, tendiendo incluso a endurecerse: el pacifismo; es importante señalarlo por que también en esto se iba a producir un vuelco espectacular mas adelante.

Nunca había ocultado sus convicciones, como demuestran, por ejemplo, su intervención  a favor de Nicolai (el autor del Manifiesto a los europeos de 1914), acusado por los nacionalistas en 1920, o su presencia, durante el turbulento periodo de 1923, en un mitin donde participaban pacifistas franceses.

Pero a partir de 1928, cuando ya se había comprometido con la empresa de cooperación intelectual, su actitud pacifista adquirió un nuevo carácter: ya no dudo en preconizar el rechazo al servicio militar, aparentemente por estar persuadido de que, dado el estado de las relaciones entre naciones, la diplomacia de los estados y las instituciones internacionales eran incapaces de  asegurar la paz.

Esto es lo que dijo, por ejemplo, en una breve y contundente elocución pronunciada, en el mes de Marzo de 1931, en un tren que lo conducía al este de estados Unidos, ante un grupo de pacifistas americanos; predicando el rechazo del servicio militar (en términos bastante marciales…), llamaba a sus oyentes a “un verdadero combate que traiga a los temperamentos fuertes […] lucha! Legal, pero una lucha por el verdadero derecho de los hombres contra los gobiernos en la medida en que éstos exigen de sus ciudadanos actos criminales”. 

Hasta la llegada de Hitler al poder, multiplicó su toma de postura en este sentido: declaraciones a la prensa de diversos países, mensaje de simpatía a las organizaciones pacifistas y de apoyo a pacifistas u objetores de conciencia (especialmente una carta a Masaryk en favor de un checoslovaco encarcelado).

Para él, rechazar en aquella época la participación de en acciones de guerra y, por consiguiente, rechazar el servicio militar, no sólo era algo legítimo, era un deber para el hombre consciente de los valores morales; a Hadamard, quien pese a ser pacifista le objeta que semejante actitud podría fomentar la agresión, Einstein le responde justificando extensamente su postura, pero admitiendo una restricción (que unos años mas tarde le permitiría escapar a la contradicción formal): “yo no me atrevería, dice, a predicar si restricciones de manera análoga ante una tribu africana, pues allí el paciente moriría mucho antes de que el tratamiento pudiera ser eficaz. Pero en Europa- a pesar de Mussolini la situación es diferente”. Su opinión no tardaría en cambiar por completo.

Para este demócrata pacifista que quería ser consecuente, la actitud a tomar ante la Unión Soviética era una fuente de problemas, e iba a seguir siéndole hasta el final. Incluía a Lenin entre los hombres que han sido “guardianes y renovadores de la conciencia de la humanidad”, y se oponía a todo intento de combatir desde el exterior a la revolución soviética; pero a parte de no sentir apenas interés por la filosofía marxista, no se hacía ilusiones sobre la evolución interna del régimen, rechazando por ejemplo firmar en 1932 un llamamiento de Barbusse que los quakqers también militaban por la paz.

Vida Científica
Después del estallido de 1919, la actividad pública del gran hombre ya no era comparable con lo que había sido durante los años de guerra, hasta el punto que podemos preguntarnos como podía hacerla compatible con el trabajo de investigación y de pensamiento. Indiscutiblemente lo hacía, pero también indiscutiblemente el carácter de este trabajo había cambiado. El lugar ocupado por la investigación sobre problemas físicos teóricos estrictamente definidos ya era el sitio casi exclusivo de antes. Ni entonces, ni en ningún momento posterior de su carrera, Einstein llegó a considerar, que su obra como físico estuviese acabada; todavía tenía muchas cosas que encontrar, pero ahora estaba seguro de haber concluido algo capital, y de haber aportado un Kmμα ειζ αει a la ciencia de la naturaleza. En adelante, con el consentimiento de todos, también iba a ejercer otra función dentro de la ciencia: para el inventor y poseedor de un saber teórico nuevo que, a petición de un público cuya naturaleza y dimensiones eran variables, él estaba encargado de dar a conocer, defender y desarrollar, ante todos sus contemporáneos, se había convertido en el responsable de ese bien común que era la teoría de la relatividad; si bien él no creía que su papel fuera el de profeta de una nueva fe racionalista, como algunos, ingenuamente, querían hacerle presentar, sin embrago en un cierto sentido lo asumía.

A parte de sus deberes académicos normales, aceptaba las invitaciones de numerosas universidades y sociedades científicas, a la vez que participaba en programas de enseñanza mas o menos “populares “como, por ejemplo, el curso de enseñanza superior de Davos en 1928 destinado a estudiantes hospitalizados en sanatorios, o la marxistische  Arbeitschule de Berlín en 1930; escribía en múltiples periodos y revistas.

Entonces aparecen en las publicaciones de Einstein algunos textos que en parte recogen temas de divulgación pero que, por su rigor, originalidad y contacto con lo real se sitúan más allá de toda divulgación, incluso la más lograda. No solo se trataba de acercar el saber “al alcance “de cada uno; era necesario basar todas las construcciones hipotético-deductivas de la física teórica sobre certezas racionales no solo referente a la naturaleza de las cosas, sino también a la definición de las vías por las que el saber humano accede a sus objetos. De esta exigencia salieron algunos textos de intención y valor filosófico con su doble pretensión de universalidad: su alcance debía situarse más allá de lo limites de la especialización científica y debían ser inteligentes para todo pensador en todo lugar.

Es cierto que en la obra de Einstein podemos encontrar textos de este tipo antes del gran momento de cambio de 1919, pero la mayoría fueron escritos y publicados después, o como mucho en 1918; en la tercera parte volveremos sobre algunos de estos textos, de los que la mayor parte se distribuye cronológicamente entre un “Dialogo sobre las objeciones opuestas a la teoría de la relatividad”, publicado en Noviembre de 1918 por la revista Die Naturwissenschaften y la autobiografía que figura en el volumen: Einstein, philosopber-Scientist de la colección “The Library of Living Philosophers” de P.A. Schilpp (1949).

Algunos de estos ensayos fueron escritos durante el periodo berlinés, por ejemplo “el éter y la teoría de la relatividad”, lección inaugural de su curso magistral en Leyden (1920) o “Geometría y experiencia” conferencia pronunciada con ocasión de una sesión pública de la Academia de Berlín en 1921; otros que mencionaremos posteriormente, fueron escritos en la época de Princeton.

La nueva situación creada por la finalización de la síntesis relativista tuvo también, evidentemente, consecuencias directas sobre el trabajo propiamente científico de Einstein; el sorprendente contraste entre el  éxito de sus investigaciones sobre la relatividad y la persistente incertidumbre en el dominio de los cuantos le apartaría poco a poco de esta ultima dirección. Finalmente, dejaría de jugar en este campo el papel de inventor para asumir el de un crítico escuchado y temido, pero estimulante por la profundidad y pertinencia de sus puntos de vista.

La ultima construcción constructiva de Einstein a la teoría de los cuantos data de 1924; interesado por el trabajo de un físico indio entonces completamente desconocido, Satyendranath Bose (trabajo que el hizo traducir y publicar en alemán), propuso una teoría cuántica del gas ideal cuya incidencia fue importante. Pero en los años siguientes, que fueron los de la invención de ;a mecánica cuántica en sus distintas formas, él se distancio del nuevo curso de las ideas; enjuiciándolo en líneas generales, repetía hasta la sociedad que las nuevas teorías no tenían para el mas valor que una descripción estadística, lo que no se correspondía ni con la idea que el tenia de la naturaleza de las cosas (“Dios no juega a los dados”) ni con la exigencia lógica de los principios e causalidad, que una ciencia digna de tal nombre debería satisfacer.

Él se esforzaba por dar una forma mas precisa y convincente a sus objeciones discutiendo, desde su interior, la estructura lógica de las teorías en vías de constitución y consolidación; esta nueva orientación se hizo evidente y determinante en 1927, cuando en el congreso Solvay de Bruselas, sin presentar por su parte ninguna comunicación, se opuso a Bohr en un sonoro debate, donde, con la ayuda de sutiles “experiencias de pensamiento” intentó refutar las hipótesis básicas de la nueva mecánica. A pesar del poco éxito que tuvo esta tentativa, su actitud no cambio y, tanto en diversas publicaciones como en su correspondencia, desde entonces publico la cuestión de los cuantos siempre con le mismo espíritu de critica lógica; mas tarde, en Princeton, daría una forma sistemática a sus ideas sobre este problema.

Así pues, despues de 1918, lo esencial del trabajo de investigación de Einstein se realiza principalmente dentro del marco general de la teoría de la relatividad, pero siguiendo dos direcciones diferentes; una se enmarca en la perspectiva de desarrollar, clarificar y explotar la doctrina teórica de la gravitación, y la otra va dirigida hacia la creación de una teoría general del campo físico capaz de englobar, en especial, a los fenómenos electromagnéticos; pero que sea conforme con los principios fundamentales sobre los que fue construida la teoría de la gravitación, con la esperanza de que, tras giros imprevisibles, la nueva teoría pudiera finalmente dar cuenta satisfactoriamente de todos los fenómenos que imponen la hipótesis del cuanto.

En la primera dirección (que mantiene la investigación dentro de la teoría conseguida), hay que mencionar un articulo sobre las ondas de gravitación (que, según la teoría deben propagar las variaciones del campo gravitatorio causadas por el movimiento de las masa fuente del campo), publicado al final de 1918 y cuyas previsiones tratan activamente de verificar de modo directo los astrofísicos de este fin de siglo tras haber obtenido una confirmación indirecta bastante convincente.

 Pero sin duda donde Einstein mas se preocupo por aplicar la teoría relativista de la gravitación a un problema que los progresos de la astronomía y de la astrofísica habían llevado, tras un siglo de eclipse, al primer plaño de la investigación sobre la naturaleza, fue dentro del dominio de la cosmología, el problema de la estructura y evolución del universo en su totalidad.

Su pensamiento sobre esta cuestión conoció variaciones importantes. Después de haber presentado la definición y una solución del problema cosmológico como la inclusión de su teoría de la gravitación (1917-1920), lo abandono para volver  sobre ello al final de su estancia en Berlín, que estuvo marcada por varios viajes a los Estados Unidos, aportando de nuevo importantes contribuciones a la discusión de este tipo de problemas (1931-32). En la tercera parte volveremos sobre estas importantes contribuciones de Einstein a este domino de investigación, al mismo tiempo muy antigua por su propia ambición y muy nuevo por las vías y medios de exploración en la época contemporánea.

Pero, después de 1919, y sobre todo a partir de 1925, él concedió una mayor importancia a la búsqueda de una teoría universal de los campos físicos, consagrándole sus esfuerzos más sostenidos, aunque no los más eficaces, con una tenacidad asombrosa.

Por otra parte, él no era el primero en intentar obtener una teoría unificada de la gravitación y del electromagnetismo refinando los métodos geométricos que llevaron al éxito de la teoría de la gravitación; desde 1918, en esta cuestión fue precedido por Hermann Weyl  (cuya tentativa seria remprendida un poco mas tarde por Eddington), y por Theodor Kalusa en 1921. Al principio Einstein, acogió con escepticismo estas tentativas, admirando el valor de su aparto matemático, pero dudando de su contenido físico; habrían de hecho dos posibles vías para alcanzar el mismo objetivo teórico, que coincidía con el de la filosofía relativista: enriquecer y diferenciar suficientemente la estructura del espacio-tiempo para distinguir en éste una nueva forma matemática susceptible de expresar la interacción electromagnética (así como la métrica del espacio-tiempo de Riemann expresa la interacción gravitatoria en la teoría conseguida). En uno de estos proyectos (el de kalusa), una dimensión suplementaria del espacio-tiempo aporta el elemento necesario para la generalización; en la otra, es la estructura métrica del espacio-tiempo cuatridimensional, que se supone es mas complejo.

En 1925, tras hacer un estudio crítico de las teorías propuestas, Einstein acometió en persona esta empresa (con colaboradores diversos) siguiendo múltiples tentativas en las dos direcciones, abandonadas y luego retomadas, a veces persuadido de que estaba llegando al final (Este seria el caso de una publicación de 1929), a veces desanimado y viéndose obligado a volver al punto de partida. Entre esta fecha y la de su madre no hay en su trabajo una verdadera discontinuidad, sino un juego incesante de ideas y venidas entre distintos proyectos (acompañadas de varios cambios de colaboradores).

Para una mayor comodidad en la presentación biográfica, hemos interrumpido en 1933, fecha de su partida para los Estados Unidos, la enumeración de las principales obras de Einstein posteriores a 1918; pero sete corte cronológico en realidad no tiene ningún significado intrínseco, pues su destino como pensador, por un lado, y su destino como hombre publico y privado, por otro, no evolucionaron en paralelo y con el mismo ritmo. Las vicisitudes de 1923, capitales en el primer caso, no tuvieron ninguna incidencia sobre el segundo; su unión, que hizo de los años 1918-1919 una época importante en los dos campos, no volvería ya a producirse.

Vida Privada
Pero en este periodo tan agitado de posguerra en Berlín, ¿Qué es del hombre privado oculto tras el ciudadano del mundo envuelto en los grandes debates políticos y sociales de su tiempo, tras el sabio que prosigue imperturbablemente un camino en que cada etapa decide la siguiente? En cierta medida, las tensiones del pasado persisten; el hijo mayor, Hans Albert, no ha apreciado la decisión de su padre, y no duda en hacérselo saber en términos bastante ásperos. Las relaciones con Edouard, de quien siempre su padre habla con mucho afecto, son fáciles, pero están irremediablemente entristecidas por la perspectiva de su imposible vuelta a la salud mental.

Al final, son Elsa y sus hijas que se casaran según su voluntad, quienes le van a asegurar el gran hombre una apacible vida familiar, amenazada, eso sí, por las incidencias de la celebridad (en sus cincuenta aniversario en 1929, Einstein tuvo que esconderse cuidadosamente de los entusiastas e indiscretos visitantes). La música de cámara sigue siendo su forma preferida de ocupar su tiempo libre, cuando lo tiene, y siempre fuma una pipa a pesar de los concejos de los médicos. No olvida el ejercicio físico, pero la navegación a vela por los lagos y ríos de los alrededores de Berlín ha suscitado a las excursiones montaneras de su juventud suiza.

Durante los últimos años de su vida en Berlín pudo dedicarse cómodamente a este deporte, pues era propietario de una casa en Caputh, al borde del Havel, la había comprado a su pesar: en efecto por su cincuenta aniversario, el ayuntamiento de Berlín quiso ofrecerle una morada dentro de su municipio y le rogó que escogiera una a su gusto, pero cuando ya la había elegido, los fondos habían desaparecido. Einstein compro la casa a sus expensas; cuando se marcho, los nazis se apoderaron de ella con el pretexto de buscar armas.

Estos años berlineses también estuvieron marcados por un grave problema de salud que, por lo demás, no dejo apenas rastro en la actividad del investigador y hombre publico fuera de estos dos años de guerra. En el invierno de 1928, habiéndose detenido en Zuoz, en Engadina, después de participar en un seminario de Davos, Einstein, siempre generoso, quiso ayudar a un viejo portero a cargar su equipaje; la dolencia que le produjo fue lo bastante grave como para imponerle una hospitalización, después obligarle a permanecer en cama, y finalmente a ralentizar su actividad  durante varios meses. Pero su recuperación fue completa; el placer de la navegación pudo retomar su curso y la crónica de los años siguientes no indica ningún episodio medico grave, a pesar del trabajo incesante, la actividad social siempre constante y las innumerables ocasiones de estrés.

 Durante su convalecencia, en el mes de Abril de 1928, Einstein contrató como secretaria a Helene Dukas, una paisana de Elsa, que le acompañaría a los estados unidos, permaneciendo junto a él hasta su muerte, y ocupándose de su casa tras la desaparición de Elsa. Encargada por el testamento del sabio (escrito en 1950) de cuidar, junto con el albacea testamento Otto Nathan, de los escritos del maestro, Helene Dukas se quedó en la casa de Princeton y pasó el resto de su existencia reuniendo, clasificando, transcribiendo y gestionando de múltiples maneras la enorme masa de documentos, publicados o no, que dejó Einstein.

abril 13, 2012

Albert Einstein: Un Hombre de su Tiempo (Parte VI)
Adaptado del Libro Albert Einstein: Vida, Obra y Filosofía de Jacques Merleau Ponty

1919- La Gloria
La cita de 1914 entre al teoría de la relatividad y el sol no se produjo a causa de la guerra; la de 1919 fue preparada con mucho tiempo y tuvo lugar en unas condiciones mucho mas favorables que las de 1914; iba a tener grandes consecuencias sobre el destino de Einstein.

De Sitter, que se había reunido con Einstein en Leyden y mantenía con él una correspondencia continua, enviada sus publicaciones a Eddington y publicaba él mismo artículos sobre relatividad en revistas inglesa. Eddington, profesor de astronomía en Cambridge, buen matemático dado a la especulación filosófica, seguía de cerca a Einstein; ocupaba un lugar importante entre los astrónomos ingleses; sabía que un eclipse de sol podía no solo revelar la existencia de una desviación de los rayos luminosos por el campo gravitatorio solar sino también, caso de existir esta desviación, validar o bien el valor newtoniano encontrado por Einstein en la primera versión de su teoría o bien el “verdadero” valor relativista, doble del anterior. Había un eclipse previsto para Mayo de 1919 que crea un entorno particularmente favorable a la observación proyectada porque el sol estaría oculto en la constelación de las Híades, muy rica en estrellas, lo que ofrecía la posibilidad de realizar numerosas medidas.

La preparación de las observaciones fue, pues, planeada desde 1917 por el astrónomo real sir Frank Dyson y comenzada inmediatamente después del armisticio de 1918; el eclipse nos ería observable mas que en las proximidades del ecuador, donde a menudo el cielo esta cubierto. Así pues, dos expediciones simultáneas fueron previstas, una a Sobral en el noreste de Brasil y otra a la isla del Príncipe, en alta mar de la Guinea portuguesa; Andrew Crommelin fue encargado de la primera; Eddington de la segunda. Desde el punto de vista de Einstein, el éxito fue total; la desviación calculada, 1,74”, caía dentro de un intervalo compatible con una y otra serie de medidas: 1,98”  0,30” en la isla del príncipe. Fue en Bonemouth, a la vuelta de las dos expediciones, donde tuvo lugar el primer examen de los documentos; los resultados, de entrada muy favorables, fueron revelados de forma muy oficiosa; informado en Setiembre, Lorentz advirtió de inmediato a Einstein, quien no ocultó su alegría apresurándose a anunciar la buena noticia a su madre gravemente enferma y hospitalizada en Lucerna.

El 6 de Noviembre de 1919, los resultados de las expediciones fueron solamente presentados por el astrónomo real en el curso de una sesión común de la Royal Society (que, como se sabe, es equivalente a la Academia des Sciences en Francia) y de la Royal Astronomical Society: El físico J.J. Thompson, que presidía, no dudó en calificar a la teoría de Einstein como “uno de los mayores monumentos de la historia del pensamiento humano”.

Anunciado en la Royal Society de Londres, el resultado de las observaciones adquiera un relieve particular porque parecía poner fin al reinado de Newton, cuyo nombre estaba naturalmente asociado en Gran Bretaña desde hacía doscientos años no solamente a la fundación de la ciencia moderna, sino también a una teología natural capaz de reconciliar las conquistas de la razón y de la experiencia con las enseñanzas del cristianismo.

Por otra parte, con unos pocos días de diferencia se celebra el primer aniversario del armisticio, y el tratado de Versalles, no había sido firmado más que unos meses antes; ahora bien, el autor de la triunfante teoría era judío, aparentemente alemán, pero de nacionalidad un poco incierta; sus ideas sobre el espacio y el tiempo pasaban por ser extrañas, quizás incluso paradójicas, y sus deducciones ininteligibles para el común de los mortales.

Todas estas circunstancias, que inquietaban a unos y encantaban a otros, explican tal vez por qué  ese segundo de arco que daba a Einstein la victoria sobre Newton, le elevó en pocas semanas a la celebridad nunca alcanzada por ningún físico. Muy pronto, la sesión de la Royal Society sería presentaba como un acontecimiento de primera importancia no sólo por las revistas especializadas, sino por la prensa de gran tirada de Gran Bretaña (empezando por el Times, que daba la reseña el 7 de Noviembre y cedía la palabra al propio Einstein el 28), después un poco por todas partes en el mundo. La prensa importante de los Estados Unidos se izo eco, amplificándolas, de las noticias inglesas.

En Alemania, Max Born informaba del acontecimiento en el frankfurter Allgemeine Zeitung el 23 de noviembre, a lo que siguieron diversos comentarios en varios periódicos. En cambio, en París, donde la prensa estaba casi paralizada por una huelga, de momento el suceso pasó desapercibido para el gran público, pero no para los medios científicos, ya que los resultados de las observaciones sobre el eclipse, así como una sucinta exposición de la teoría, fueron presentados en los primeros días de Diciembre en la Academia de ciencias por el astrónomo Henri Deslandres, especialista en espectrografía solar.

Esta repentina y sorprendente celebridad acompañaría a Einstein hasta el final de su vida, además, no dejaría de autoalimentarse; por ella se le pedía su opinión sobre una multitud de cuestiones de actualidad sobre todo políticas, y como él no quería parecer  que ocultaba sus secretos como un charlatán, ni tampoco eludir las llamadas de socorro, ni disimular sus convicciones, el curso particularmente turbio de las cosas le volvía a subir sin descanso encima del escenario.

En adelante se vería obligado a contestar una pila de correo que se renovaba cada día; evidentemente, al principio le costó resignarse; así lo indica una carta a su ayudante Ludwing Hopf del 2 de febrero de 1920, tres meses después de lo que País llama su “canonización”: “después del diluvio de artículos de periódico, soy tan terriblemente sumergido en preguntas, invitaciones, peticiones que sueno con ello por las noches: me estoy asando e el infierno y el diablo, con los rasgos del cartero, ruge mientras me arroja a la cabeza un nuevo paquete de cartas cuando aún no he contestado el anterior.

Infernales o no, en cualquier caso las obligaciones de la celebridad transformaron de arriba abajo la vida de Einstein en todos sus aspectos. Hasta entonces, fuera de los límites de su vida privada, lo único que de verdad contaba era el trabajo de investigación, mas o menos estrechamente asociado a los deberes de enseñanza y de dirección  de trabajos; en adelante, ante la opinión pública, Einstein va en cierto modo a ejercer, además, las funciones de un personaje público y, sobre todo de una personalidad política. Ello no se debió a que se implicara en una  verdadera acción- el episodio de 1918 no volvería a repetirse- pero desde entonces sus escritos (incluso sus escritos científicos), su palabra, su presencia, tienen o pueden tener un sentido moral o político; lo que hasta entonces había sido para él una opinión, preferencia o aversión, se convierte en compromiso, siempre sincero pero a veces reticente, en general en el sentido del sionismo, o del pacifismo, o en favor de una social democracia respetuosa para con las libertades individuales.

La gran alegría de Diciembre de 1919 no solo se vio enfriada por los inconvenientes de la gloria; fue empeñada por la muerte de Pauline Einstein. Hospitalizada en Lucerna, había expresado el deseo de volver a reunirse con su hijo; su nuevo acomodo con Elsa hacía posible el arreglo. Pauline vino pues a Berlín, acompañada por su hija Maja, en enero; allí murió en febrero. 

Pero el odio también, apreció en la cita con la celebridad.

Las turbulencias de la posguerra
En una Alemania al borde de la guerra civil donde los distintos grupos nacionalistas se enfrentaban, con medios más o menos terroristas, no solo al movimiento socialista sino también al establecimiento de la democracia, las posturas pacifistas adoptadas por Einstein durante la guerra hacían de él un blanco perfecto para la atención maligna de una extrema derecha antisemita, en un momento en que su reputación se iba afirmando en el campo de los ex – enemigos.

Desde Febrero de 1920, su enseñanza en la universidad se vio perturbada por una agitación cuyo origen político no era proclamado; pero poco después fueron tantas las teorías de Einstein como su persona las que se encontraron en el punto de mira de los ataques, esta vez con intención manifiestamente política, hecho que revela el nuevo lugar que él estaba pasando a ocupar en la conciencia de los hombres de su tiempo. En efecto, de pronto nació una Asociación de naturalistas alemanes para el mantenimiento de la ciencia pura, cuya finalidad confesada era combatir a la teoría de la relatividad, calificada de falsa y perniciosa. El Stümer, portavoz de la extrema derecha, explicaba que Einstein y sus teorías, destinadas a seducir con sus artimañas a los intelectuales, formaban parte del gran complot bolchevique que había llevado a la puñalada en la espalda y a la derrota de una Alemania que estaba destinada a la victoria por sus virtudes y genio.

El fundador de la sociedad anti – Einstein era un desconocido llamado Paul Weyland que disfrutaba del apoyo de un físico importante, Philipp Lenard, cuyos trabajos experimentales sobre el efecto fotoeléctrico le valieron de premio Nobel de física y estimularon las primeras investigaciones de Einstein sobre los cuantos. Después de haber admirado mucho a Einstein, Lenard había pasado a detestarle, siendo aparentemente el motivo principal de este odio el antisemitismo; a los ojos de Lenard la física relativista era mas “judía “que “bolchevique”, residiendo para él este carácter “judío” en el exceso de especulación abstracta sobre el buen sentido realista y experimental (en el mismo momento, los marxistas también colocaban  a Einstein y su relatividad entre las filas del “idealismo”…..).

En Agosto de 1920, la asociación “para la ciencia pura “de weyland había reunido suficiente público como para organizar en la Philarmonie de Berlín un mitin anti relativista al que asistió Einstein; éste respondió bastante enérgicamente en un articulo publicado por la Berliner Tageblatt y dirigido a la “SARL anti relatividad”, afirmando que si él hubiera sido “no judío, sino alemán ultraconservador, con o sin cruz gamada”, su teoría no hubiera sido objeto de tales ataques; esta respuesta, de la que después se arrepentiría un poco, no hizo sino avivar la rabia de sus atacantes.

La atmósfera estaba tan tensa que la reunión anual de naturalistas y médicos alemanes celebrada en Bad-Nauheim en Setiembre se celebró bajo la protección de guardias armados. Gracias a la prudencia de Planck, que la presidía, el choque tan esperado y deseado por la “SARL antirrelatividad” entre Einstein y Lenard fue breve y poco ruidoso.

No obstante, la situación era lo bastante seria como para justificar la intervención de los amigos berlineses de Einstein: Von Laue, Nernst, Rubens, firmaron un comunicado común en defensa suya; temían verle partir: los métodos expeditivos de los extremistas, que no retrocedían ante el asesinato, les hacían temer lo peor y sus amigos de Leyden estaban dispuestos a  acogerle, pero Einstein tenía escrúpulos de abandonar Berlín. En 1918 ya había estado tentado de regresar a Zurich, había renunciado sobre todo por diferencia y agradecimiento hacia Planck, motivo éste al que  se añadían razones políticas. A pesar de que su entusiasmo de noviembre de 1918 ya estaba muy atenuado, él pensaba que su  deber era apoyar al gobierno republicano de Alemania y hacerle un sitio en las relaciones científicas internacionales. Decidió pues permanecer en Berlín, asegurando al Ministro de Educación de Prusia, quien le había enviado un mensaje personal de apoyo, que “Berlín es el lugar al que me siento que me siento mas ligado por mis relaciones humanas científicas”. Por otra parte, su nombramiento como profesor asociado en Leyden le obligaba a frecuentes ausencias, ofreciéndole la posibilidad de tener un refugio cómodo en caso de amenazas mas concretas.

Por lo demás, en Berlín ocupaba puestos académicos importantes que asumía con consciencia y de los que le iba siendo mas difícil desprenderse (algo que, por otra parte, probablemente no deseaba, por muy “bohemio” que pretendiera ser) a medida que crecía su celebridad. A parte de la dirección del Instituto de física de la Kayser Wilhelm Gesellschaft (que había sido creado en 1917, conforme a lo acordado en 1914), ejerció después de Planck y antes de Sommerfeld a presidencia de la sociedad alemana de física, unos años mas tarde entró en el consejo de dirección del Laboratorio de astrofísica de Potsdam, para pasar después a presidir una fundación Einstein, con sede en una torre Einstein y equipada con un telescopio Einstein. Estuviera o no él mismo ligado a Berlín, al menos su nombre si lo estaba.

Sionismo
Durante los años que siguieron a la guerra, además  de los ataques de los nacionalistas alemanes, uno de los episodios mas importantes de la vida de Einstein fue su compromiso sionista, concertado en un viaje a los Estados Unidos en compañía del líder del movimiento, Chaim Weizmann, en 1921.

Como ya hemos indicado, es probable que fuera durante su estancia en Praga cuando Einstein empezó a tomar en serio un aspecto de su personalidad social y moral que hasta entonces le había dejado indiferente: su pertenencia a la comunidad judía.

Como diría mas tarde en una entrevista, a lo largo de los veinte años de su vida que había pasado en Suiza: “respiraba una atmósfera intelectual en la que el aire no transportaba ni la menor interrogación sobre mi confesión”.

En cambio, varios textos  escritos durante años de posguerra no dejan duda alguna: Ahora,  Einstein no solo le concede importancia al hecho de ser “judío” sino que tiene ideas precisas sobre la forma de asumir su condición para un judío: no es ni considerar al judaísmo tan solo como una religión ni asimilarse por completo a un ciudadano de la nación a la que pertenece.
Esto es lo que expresó, con una cierta altura, por ejemplo el 5 de Abril de 1920 en la asociación Central de ciudadanos alemanes de confesión judía, que le invitó a tomar parte en una reunión contra la lucha ante el antisemitismo en los medios universitarios. En su respuesta, de buenas a primeras apeló a una “mayor dignidad” en sus interlocutores, invitándoles a combatir con la información tanto del antisemitismo como “el espíritu de servilismo” que supuestamente existe en el judío. La expresión “ciudadano alemán de confesión judía” su opinión disimulaba, de forma tristemente ridícula, una doble confesión de las “buenas almas”: 1) no tener nada que ver con los pobres diablos de los judíos orientales; 2)no ser vistos como hijos de su pueblo sino sólo como miembros de una comunidad religiosa.

Einstein, al contrario, se declara “feliz de pertenecer al pueblo judío”, sin por ello considerarlo como el pueblo elegido.

Estas palabras concisas y agresivas sin duda revelan algo mas que un simple impulso contra lo que le parece demasiado prusiaño en los judíos alemanes: un compromiso ético y filosófico muy profundo sobre el que volveremos; desde el punto de vista ético y social, sirve perfectamente para mostrar como Einstein llegó al sionismo partiendo de una cierta reticencia: el pueblo judío existe; pero nada puede imponer a la religión judía por encima de ninguna otra.

Al comienzo de 1921 Klurt Blumenfield, actuando en nombre de Chaim Weizmann (su cunado), le preguntó a Einstein si estaría dispuesto a acompañar al líder del sionismo a los estados Unidos, donde intentaba recabar los fondos necesarios para crear una universidad Hebrea en Jerusalén; Einstein (que cavaba de declinar la invitación de varias universidades americanas) al principio rehusó. Blumenfield, pensando (según dice él mismo)  que era mejor, en vez de intentar convencerlo, dejar que Einstein pensara claramente lo que llevaba en su interior, se limitó a decirle que él trasmitía lo que consideraba una orden de Weizmann, sorprendiéndose al ver a Einstein, dar marcha atrás en su negativa. Pero, por otro lado, tuvo buen cuidado de recordar a Weizmann que Einstein no era un verdadero sionista, que tenía tendencias socialistas y que era hostil frente a la asimilación de los judíos. Por su parte, el propio Einstein declararía mas tarde en París que sus relaciones con  Weizmann habían sido, usando una expresión de Freud, ambivalentes.

El viaje en común tuvo, pues, lugar en Abril-Mayo de 1921; para la causa sionista fue un gran éxito; y para Einstein fue una oportunidad para conocer américa y exponer la teoría de la relatividad ante el público americano. La cuatro conferencias que dio en Princeton en Mayo siguen siendo un clásico de la teoría.  Entre los servicios que prestó al sionismo, con ocasión del viaje, debemos señalar que permitió una entrevista entre Weizmann y el Ministro de Asuntos Exteriores soviético, Chicherín.

Antes de regresar a Berlín, Einstein pasó algunos días en Londres invitado por Lord Haldane, en cuya casa conoció Bernard Shaw y a Whitehead. De su viaje a América se trajo, además de un  gran cansancio, la satisfacción de un deber cumplido ante sus correligionarios (si es que cabe utilizar esta palabra en su caso) así como unas impresiones muy favorables sobre los Estados Unidos, confiadas a un diario Holandés, Nieuwe rotterdammsche Courand (4 de julio de 1921).

Visita a París
Unos mese después de volver de los Estados Unidos, aparecía en perspectiva otro viaje, menos lejaño pero también cargado de significado político. En Francia, unos llamaban a Einstein el demócrata alemán, otros el sabio ilustre, otros las dos cosas a la vez, mientras que algunos  no querían oír hablar ni de una ni de otra cosa. Al comenzar el año de 1922, Einstein recibió tres invitaciones francesas, una de la Liga de Derechos Humanos, otra de la Sociedad francesa de Filosofía y la última de la asamblea de profesores del College de france, evidentemente suscitada por LLangevin; el primer movimiento de Einstein fue rechazar cortésmente por solidaridad con sus colegas berlineses, por entonces apartadas sistemáticamente de las reuniones internacionales, como explica en una carta a la Academia de Ciencias de Prusia.

Pero Walther Rathenau, ministro de asuntos exteriores, como expone el propio Einstein a la Academia,  convencido de que su deber era aceptar, principalmente porque la invitación del College de France mencionaba explícitamente la defensa de un ideal científico común a los sabios franceses y alemanes.

La visita tuvo, pues, lugar del 28 de Marzo al 10 de Abril de 1922. La Sociedad francesa de física no recibió a Einstein y a la Academia de Ciencias organizó contra él una especie boicot oficioso que fue duramente juzgado por la prensa. En cambio el visitante dio una serie de conferencias en el College de France; tomó parte en la sesión del 6 de Abril de la Sociedad francesa de Filosofía, donde se limitó a comentar algunas de las intervenciones de filósofos y sabios franceses como Brunschvicg (rechazó la paternidad kantiana propuesta por Brunschvicg para la teoría de la relatividad), Bergson, cuya distinción entre “tiempo del filósofo “y “tiempo del físico “negó, y Hadamard.

La presencia de Einstein en París no pasó desapercibida; constituyó un acontecimiento que suscitó diversas reacciones, algunas de las cuales, setenta años después, parecen bastante sorprendentes. La acogida dispensada por los medios científicos fue bastante reservada por diversas razones, a veces casi opuestas; por un lado, expresaba la desconfianza de los experimentales hacia un teoría que les parecía demasiado especulativa; por otro. Manifestaba la persistencia de un dogmatismo filosófico nacido del Cours de Philosophie positive curso de filosofía positiva, para el cual los conceptos de la física no podían superar a los de la mecánica, en aquella época llamada “racional”, que ocupaba el lugar mas alto en la jerarquía de las “ciencias positivas ”. Los adversarios que, por su capacidad, se encontraban en mejores condiciones para comprender el alcance de la teoría, como Emilie Picard y Paul Painlevé, terminaron por rendirse a las razones de Einstein, más con ciertas reservas escépticas: es una bella construcción matemática, pensaban, pero su sentido físico sigue siendo dudoso. Desde luego, Langevin y el pequeño núcleo de relativistas salieron fortalecidos de este contacto, y la visita de Einstein contribuyó a despertar el interés de los sabios franceses por la teoría; pero quienes primero aportaron contribuciones positivas a su progreso fueron matemáticos como Hadamard y Elie Cartan.

Por lo demás el interés por Einstein y su  teoría se extendió mucho mas allá del circulo de especialistas; como era previsible, los periódicos se dividieron sobre la conveniencia de invitar a Francia a un sabio alemán (algunos decían a un “bolche”), pero la controversia tomó un giro inesperado: la persona de Einstein despertaba simpatías. Algunos se extrañaron de encontrarle, por su aspecto físico y su agradable conversación, tan distinto de lo que se esperaba de un alemán… Por otra parte, su teoría pasaba por ser incomprensible; en París no hace falta nada mas para despertar un interés mundaño, lo que llamó la atención a unos y permitió a otros hacer de fontenelle, revelando a las gentes del mundo los arcanos de la teoría. El anverso de estas futilidades aparece en la calidad de las intervenciones en la sesión Francesa de Filosofía, que prueba que el público francés instruido comprendía al menos la dimensión de las cuestiones filosóficas planteadas por la teoría de la relatividad.

El propio Einstein quedó bastante satisfecho con su viaje, al menos moralmente; en una carta del 6 de Junio de 1922 rogaba a H. Weyl que explicara a los estudiantes de Zurich, cuya invitación había declinado, que no debían guardarle rencor por haber preferido ir a París, pues, “rechazar la invitación de  París hubiera sido rechazar el ideal internacional al que mas que nunca es necesario dedicarse”.

Viajes y política
Moralmente satisfecho por su viaje a París, Einstein, no se vio recompensado por un rencuentro con la tranquilidad; las tensiones y amenazas persistían y también la perplejidad provocada por ciertas exigencias contradictorias. El asesinato de Rathenau el 24 de Junio de 1922 le dejó consternado. Arruinaba la esperanza de un futuro para Alemania y sus relaciones internacionales a la  vez que confirmaba el peligro, las puestas en guardia se multiplicaron; Einstein debió interrumpir su enseñanza y fingir, como escribió a Solovine el 16 de julio que se ausentaba. Condenado por algunos a causa de su viaje a París y siempre perseguido por el oído de Lenard (quien tras rechazar sumarse al duelo oficial por Rathenau, fue secuestrado por los manifestantes, avisado de que estaba dando clase a algunos de sus fieles), Einstein, preocupado por la calma, rechazó pronunciar el discurso inaugural del centenario de la Asociación de naturalistas y médicos alemanes en Leipzig.

Pero la conducta a seguir no siempre le resultaba evidente; por muy hostil que se sintiera frente al nacionalismo alemán, la política de los vencedores le parecía cada vez menos defendible y más alejada de su ideal pacifista. No podía dejar de sentirse solidario con las desgracias de Alemania y en especial con los judíos alemanes, quienes presentían iban a ser las principales víctimas de los acontecimientos.

De ahí venían las muy significativas dudas de un ciudadano del mundo, sincero y de buena voluntad, pero perplejo, que busca su camino dentro del laberinto de las relaciones nacionales, étnicas, profesionales o políticas. Al final de Mayo de 1922 había aceptado, a petición de Marie Curie, formar parte del Comité internacional de cooperación intelectual; pero a primeros Julio se volvió atrás. Explica a una Marie Curie sorprendida y decepcionada que, siendo judío, en el estado actual de las cosas no puede representar a Alemania en una comisión internacional; en la misma fecha da un argumento análogo a un funcionario de la SDN (diciéndole simplemente, que él no representaba la opinión de sus colegas alemanes). Tras regresar del Japón  al inicio de 1923 (la ocupación del Ruhr tiene lugar en Enero) confirma su dimisión, pero da una razón sensiblemente distinta: la SDN no le parece sino un instrumento de la política de poder, aunque este no sea el caso de la comisión en cuestión; en la misma línea, rehúsa participar en el congreso Solvay de 1923, al que los demás sabios alemanes no han sido invitados. No obstante; esta decisión no le satisface por completo; a su pesar se le comunica a Lorentz, pidiéndole que no le invite oficialmente: el rechazo en público sería aún más perjudicial para la buena causa…

Sin embargo, la gloria, fuente de tantas preocupaciones y apuros para un  hombre cuya única pasión verdadera era el saber, también tenía la ventaja de ofrecerle con los viajes ( al menos algunos de ellos)escapadas felices. Y, en Octubre de 1922 se embarcaba, con cierto alivio, hacia Japón.

Partiendo de Marsella, llegó a Shanghai el 15 de noviembre y desembarcó el 20 en Kobe; permaneció en Japón hasta final de año. La acogida fue calurosa; fue recibida personalmente por el emperador, con quien conversó en francés; aprecio las maneras de los japoneses, pero no su música; tuvo que pronunciar varias conferencias que le brindaron la oportunidad de presentar en conjunto la teoría de la relatividad y también para referir las vías que le llevaron a ella, algo que no había hecho en público hasta entonces.

Se encontraba en ruta hacia el Japón cuando le fue concedido el premio Nobel de física correspondiente al año 1921, que hasta entonces no había sido asignado; era una decisión tardía, ya que, desde 1910, Einstein había sido propuesto para el premio por varios físicos, pero la Academia Sueca estaba confusa por las controversias provocadas por la teoría de la relatividad.

Así pues, fue aceptada la propuesta por el físico Oseen, quien sugirió entregar a Einstein el premio Nobel por su deducción del efecto fotoeléctrico, el premio no le sería entregado de forma efectiva hasta Julio de1923.

Palestina
Al regresar de Japón, a primeros de Febrero de 1923, se detuvo en Palestina, donde fue el invitado del gobernador Herbert Samuel, interesado por el logro de los colonos, en especial por la ciudad nueva de Tel-Aviv, no tardó en sentir las ya apreciables tensiones entre judíos, árabes y el gobernador británico. Como en otras partes, allí; constató el desacuerdo entre sus ideas y la forma en que los demás las ponían en práctica. Por otra parte, como atestiguan sus notas de viaje, el espectáculo de los fieles orando ante el muro de las Lamentaciones no le impresionó favorablemente.

Dos años después de su viaje, en un mensaje enviado con la ocasión de la inauguración de la universidad hebrea de Jerusalén, al mismo tiempo que expresaba el “legitimo orgullo” que debía inspirar esta creación, ponía claramente en guardia a los judíos de Palestina contra toda deriva de un nacionalismo necesario, pero que debería defenderse “del oscurantismo nacional y de la intolerancia agresiva”, de los que las universidades europeas habían dado tristes ejemplos.

Las dificultades no tardarían en aparecer: miembro del consejo de gobierno de la nueva universidad, y deseando asegurar para ella una sólida reputación científica a pesar de sus modestos medios, entró en conflicto con el rector de la universidad, J. L.Magnes, cuyo proyectos criticaba (son “charlataneos”, escribe en una carta a Born) y renunció en 1929, sin dimisión oficial, a ejercer sus funciones, que volvería a retornar en 1932 tras las reformas introducidas por Weizmann.

Pero las revueltas de Agosto  de 1929 en Palestina, en las que unos judíos fueron asesinados por los árabes constituyeron un motivo de preocupación mas grave; Einstein no solo se adhirió a la solicitud de gracia para los insurrectos condenados a Muerte sino que se distancio de sus correligionarios sobre el problema de fondo, invitándoles, especialmente en dos cartas a Weizmann, a una seria reflexión sobre las posibilidades de la cooperación judeo- árabe, poniéndoles de nuevo en guardia contra una deriva nacionalista e incitándoles a tener una cierta desconfianza ante el protector inglés.

Escribió incluso en el diario nacionalista árabe Falastin para defender la idea de la cooperación judeo-árabe en Palestina, proponiendo a su director, que había acogido favorablemente su mensaje, una original solución de las dificultades, creando un “consejo secreto” formado por representantes cualificados de las dos comunidades que trabajaría en un proyecto común al abrigo de toda publicidad.

A pesar de todo, esto no le impediría defender firmemente al mismo tiempo el proyecto sionista que él creía era lo único capaz de devolver a la comunidad judía la conciencia de su verdadera identidad, debido a profundas razones sobre las que tendremos ocasión de regresar.

Einstein dejó Palestina (para no volver nunca) en Marzo de 1923 y volvió a Europa por España.

Regreso a la SDN
Todavía hizo un largo viaje en 1925 a América del Sur, después hasta 1930, fecha en que comenzó su estancia en Estados Unidos, se asentó en forma mas permanente en Berlín, a pesar de sus numerosos desplazamientos por Europa, sobre todo a París en 1926 y luego en 1929, viaje en el que fue investido doctor honoris causa por la Sorbona y dio unas conferencias en el Institut Henri Poincaré, que acaba de abrir sus puertas. Parece que por entonces había recobrado una cierta confianza en el futuro político de Alemania, donde la atmósfera estaba mas tranquila.

 Después de tantas contrariedades e inquietudes, Einstein se volvía a encontrar en Berlín con las mismas responsabilidades sociales y humanas ante Alemania y Europa que había aceptado en el entusiasmo de la revolución de 1918: favorecer la democracia en el país, cuya nacionalidad había recuperado, permitirle volver a ocupar su sitio en la comunidad internacional, especialmente en el territorio científico y, sobre todo (este era su compromiso ético mas profundo), militar por la paz.

Volvió, pues,  al comité de la SDN en Junio de 1924 (“siendo un poco mejor la situación nacional”), e hizo incluso una reseña bastante favorable del trabajo de la comisión en el Frankfurter Zeitung. En 1925, año en que se firmó el pacto de Locarno (en el que Einstein vio signos de la vuelta a la cordura de los hombres de estado europeo), se creó el instituto Internacional de corporación intelectual y  Einstein aceptó  pronunciar, el 16 de Enero de 1926, un discurso en francés con ocasión de su inauguración.

Siguió interesándose por ello, como prueba por ejemplo su intervención ante Stresemann, entonces ministro de Asuntos Exteriores de Alemania. Para Einstein, el principal defecto del Instituto era estar exclusivamente financiado por Francia y tener su sede en París, lo justificaba las reticencias de sus compatriotas para tomar parte en la cooperación internacional; así pues, en julio de 1929 proponía a Stresemann que Alemania (e Inglaterra, pero mas tarde) participase en su financiación de forma que un alemán pudiese optar al puesto de subdirector; formulaba la misma propuesta en una carta a Painlevé del 9 de Abril de 1930, donde añadía que el Instituto debería ser trasladado de parís a Ginebra para permitir mantener la indispensable unidad y el carácter auténticamente internacional del organismo (no había conseguido convencer a Plank de que apadrinase una comisión alemana de cooperación intelectual). Y fue especialmente el Instituto quien fomentó- y publicó en 1932- la muy notoria correspondencia entre Freud y Einstein sobre la guerra.